Confiteor peccatum meum ...
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Confesión de «boca»

He titulado este índice como Confiteor peccatum meum porque según el traductor de Google significa confieso mi pecado y eso, precisamente eso, es lo que quiero empezar haciendo.

Hace más de dos lustros empecé a escribir mis «Memorias de un aprendiz» con la avidez de un niño y la ilusión de un adolescente. Durante este tiempo ha llovido mucho, ha habido pertinaces sequías y he cometido un montón de estupideces. Es evidente que en lo único en lo que tengo acreditada mi maestría es en la labor de chapotear en cada uno de los charcos que encuentro en mi camino.

Lo que hubiera aconsejado la más elemental de las prudencias habría sido mantener la senda inicial del aprendizaje e ir avanzando por ella compartiendo las experiencias del camino. Lo que ni mi peor enemigo me habría podido aconsejar sería «meterme a maestro siruela» (aquel que según el refranero sin saber leer quiso poner escuela). No supe decir «Vade retro» y sucumbí a la satánica tentación de dos cucharadas de lentejas sazonadas con esa pócima infernal cuyos ingredientes se definen en el Eclesiastés como «Vanitas vanitatum omnia vanitas».

Abandoné este rincón, me subí a la montaña rusa de mi propia estupidez, caminé por otros derroteros de aprendizaje envuelto en la máscara de «maestro siruela» (que me perdonen los habitantes de la localidad pacense de Siruela cuya popularidad –incluso el maltrato de convertirla en ciruela con alguna frecuencia– puede que sólo se deba a que su nombre rima con escuela) y dejé morir este espacio pese a haberme brindado muchas más satisfacciones de las que jamás hubiera podido imaginar.

Un amigo filósofo, Alfonso F. Tresguerres, se cansó de repetirme que todo cuerpo propende a ocupar el lugar que le corresponde por su propia naturaleza. No supe escucharle. Me empeñé en desafiar las leyes de la física aristotélica y me subí a una absurda montaña rusa intentando obviar la fuerza gravitatoria.

Hoy –ocho de agosto de dos mil once, día de San Altmano de Passaum, Santo Domingo de Guzmán, San Emiliano de Cízico, San Eusebio de Milán, San Famiano de Galese, San Marino de Anazarbe, San Mummolo de Burdeos, San Pablo Ke Tingzhu y San Severo de Vienne– parafraseando la letra de aquella canción de Alfredo Le Pera que inmortalizara Carlos Gardel, quiero volver con la frente marchita y las nieves del tiempo a mi lugar natural que no es otro que este rincón del que nunca debí salir. Aquí intentaré avanzar, aprender, compartir. En definitiva abandonarme a la gravedad y alcanzar el sitio que me corresponde por propia naturaleza: ser y ejercer de lo que soy, un diletante que no ansía otra cosa que respirar, sin imposiciones ni ataduras, el aire fresco de su pueril curiosidad.

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Satisfacción de «obra»

Hace unos días descubrí MariaDB un servidor de bases de datos que me llamó inicialmente la atención por la coincidencia de su nombre con el de mi difunta madre. Indagando un poco sobre este software pude leer que es un «fork» de MySQL. Mi insuperable ignorancia del idioma inglés me llevo a asociar «fork» con las palabras asturianas forcu y forcáu. ¡No andaba tan desencaminado!

   

Tanto la posición de los dedos en la unidad de medida como la forma de esa parte del «gomeru» (o tirachinas) que en mi infancia llamábamos forcáu representan en alguna forma una bifurcación que es exactamente lo que dicen aquí que es un «fork».

Viene esto a cuento porque las páginas que incluyo inicialmente en este apartado van a ser una especie de «fork» de otro «fork» de mis primeras memorias. ¿Demasiados «fork», verdad? Sin duda alguna. Y lo peor del caso es que, hasta el momento, soy el único culpable de todos ellos.

Retorno a este rincón con la última versión de mi último «fork» y mantengo aquí la versión primitiva por razones puramente sentimentales. Esto me hace recordar a un amigo fallecido hace muchos años, que simultaneaba su oficio de barbero con la dirección de una orquesta de pueblo. Cuando sus compañeros le preguntaban: «¿Guillermo, ahora cual tocamos?» siempre daba la misma respuesta: «La misma un poco más cargada de bombo. ¿Acaso sabemos otra?»

Me ocurre como a Guillermo. Utilizo el mismo traje para fiestas y sepelios. De unas a otras sólo cambio el gesto y las emociones. Esto es lo mismo de siempre un poco «maqueado», como se dice ahora, para intentar reemplazar algunos gestos solemnes por otros algo más festivos, más auténticos. Me temo que, como en los restaurantes malos, de tanto meter el mismo plato en el microondas acabará resultando incomestible. Pero bueno, lo importante es ¡que haiga salú... o por lo menos alivio!